Ensalada de garbanzos y quinoa.

Hoy quiero compartir con vosotros una receta que preparé hace unos días, se trata de una ensalada de garbanzos y quinoa, no es nada especial, ni tampoco lo es para mí cocinar algo sano cada día, pero en este caso, quería enseñaros cómo combiné los alimentos y la manera en la que incorporo las legumbres a mi dieta, porque personalmente, no me agradan demasiado.

Prefiero comer toda clase de verduras, incluso estoy incluyendo poco a poco la coliflor, que fue durante toda mi infancia un alimento traumático, pero tengo la creencia de que cualquier alimento, acompañado de la salsa adecuada, puede convertirse en algo delicioso. Pues bien, aquí va la receta.

Para el plato de hoy utilicé un bote de garbanzos ya cocinados que se encuentran en cualquier parte, incluso aquí, en Edimburgo. Como siempre guardo los alimentos no perecederos en tarros de cristal, a veces mezclo algunos de ellos para ahorrar espacio, no sé muy bien hasta qué punto esto puede ser bueno o malo, o afectar o no a las cualidades de dichos alimentos, pero lo cierto es que en mi casa, la quinoa y el bulgur comparten tarro como buenos amigos, por eso añadí un poco de ambos, junto con los garbanzos, después de cocinarlos.

Lo bueno de combinar las legumbres con los cereales es que se complementan entre sí muy bien debido a que los aminoácidos que uno tiene en bajo nivel, el otro los tiene en alto, aportándote al final un alimento completo.

El resto del procedimiento fue demasiado sencillo, solo troceé las verduras en cuadraditos y las añadí a la ensalada junto con los garbanzos, el bulgur y la quinoa. Personalmente ahorro bastante tiempo debido a que no cocino las verduras, y esto es debido a que a mí me gustan con el sabor original, además de porque así mantienen todos sus nutrientes intactos y van directos a mi cuerpo, sin desperdiciarlos en la sartén, el horno o la cacerola.

Las verduras que utilicé en este caso fueron calabacín, tomate, brócoli y cebolla. También añadí unas aceitunas negras y queso feta para aportar algo de grasa y proteína animal, pero en una cantidad tan nimia que no afectó a la digestión de todo el plato, ya que mayoritariamente eran carbohidratos.

Para la salsa me lancé de cabeza añadiendo algo más de proteína con un yogur de soja sin azúcar, que mezclé con ajo bien picado, romero, perejil, pimienta negra, un pelín de mayonesa, y finalmente, aunque parezca una temeraria, también usé un poco de limón, a sabiendas de que no hacen una buena combinación en la digestión porque para su descomposición entran en juego enzimas, jugos digestivos y órganos diferentes que trabajan contrarrestándose entre sí.

Pero bueno, como ya he dicho, en total la cantidad de ácidos y proteínas era tan insignificante que a la hora de la verdad, no me supuso problema alguno, y la receta resultó deliciosa.

Por supuesto, si os decidís a llevarla a cabo algún día, podéis usar las verduras que más os apetezcan, a mí me encanta la calabaza, y si en ese momento hubiera encontrado algo en la nevera, también la hubiera usado; y el brócoli forma parte de mi dieta casi diariamente, si no lo añado a una ensalada se lo adjudico al smoothie del desayuno, sobre todo si ese día se me han terminado las espinacas.

Pues bueno, esto ha sido todo por hoy, ¡buen provecho!.

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2018-11-27T15:43:25+00:00

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